Cada paso en el camino

¿Ha deseado alguna vez empezar su vida de nuevo? Yo sí, y esta es mi historia. Soy la tercera de cuatro hermanos. Por fuera éramos una familia común y corriente, y vivíamos fuera de una ciudad grande en el este de Canadá. Pero no éramos la familia perfecta. Todos teníamos nuestros propios “secretos escondidos” y cosas que “nunca son mencionados”. Lo que la gente observaba en nuestro hogar por fuera no era necesariamente un reflejo de lo que pasaba por dentro. Desde una edad muy temprana, hubo eventos en mi vida que me dejaron con un anhelo profundo de tener “un nuevo comienzo”.

Mi padre había muerto repentinamente cuando sólo era una joven adolescente. Esto fue muy difícil para mí ya que mi padre y yo teníamos una relación muy estrecha y era mi amigo. El vacío de mi corazón siguió creciendo con el tiempo por causa de su fallecimiento. Estaba entrando a una etapa de rebeldía, y con su muerte, junto con el deterioro continuo de mi relación con mi madre, estaba arrojándome hacia mi propia destrucción.

A la edad de 19, me alejé de mi familia y me mudé a la costa pacífica de Canadá. Estaba determinada de tener un nuevo comienzo. En tres meses, conocí a Tom. Dos meses más tarde empezamos a vivir juntos. Continuamos peleándonos durante todo un año y medio, pero creía que la solución al desorden era el matrimonio. El próximo año, en 1971, nos casamos. En 1973 nuestro hijo Pernell nació. Un año más tarde me embaracé una vez más. Después de mucho pleito, se hizo la decisión de tener un aborto. En 1976 nuestra hija Sara nació.

Nuestro hogar ya se había convertido en el mismo hogar en que crecí: lo que uno observaba por fuera no era un reflejo de lo que realmente estaba pasando adentro. Una vez más, me había convertido en una experta en cubrir las imperfecciones y el dolor, y anhelaba encontrar una forma de empezar de nuevo. Estando ya cerca de los treinta años, me había convertido en una persona que dependía de los medicamentos; y a consecuencia del síndrome de post-aborto, experimenté la depresión y los deseos de cometer suicidio.

Fue entonces cuando decidí regresar a mi familia con mis hijos. Estaba considerando la opción de quedarme en el este, y de intentar encontrar un nuevo comienzo; y lo habría hecho si no fuera por mi esposo, quien me llamó varias veces por teléfono y me persuadió que los niños y yo le pertenecían y que si regresaba, habría cambios. Sabía que realmente le amaba y quería que nuestro matrimonio funcionara. Y por eso regresé ... para tener un nuevo comienzo.

En 1981 Jonathan nació. Un año más tarde mi esposo perdió su empleo y no pudo encontrar otro. Entonces empecé a trabajar fuera de casa. Poco después, mi esposo cesó de buscar empleo.

Nuestra relación era más caótica que nunca, y para enfrentarme a la situación, concentraba mis energías en mi carrera. Me gustaba el enorme número de responsabilidades que tenía con mi posición, junto con los grandes halagos y las expresiones de aprecio, las cenas elegantes, la mucha atención positiva y las amistades fuera de mi matrimonio. Pero había un precio que tenía que pagar: tenía días muy largos y pasaba los fines de semana en la oficina, tenía remordimiento en las noches y una nostalgia creciente dentro de mí.

Cinco años más tarde, durante los cuales casi ni veía a mis hijos ni tenía ninguna relación con mi esposo pero tenía amistades nocivas fuera de mi matrimonio y una carrera que avanzaba hacia delante cuando no estaba borracha, mi vieja amiga Barb me llevó a pasear y me dijo, “Sara, desde que te he conocido, todo lo que habías querido era ser madre y esposa. Si no haces algunos cambios ahora, un día regresarás a casa y encontrarás que tus hijos ya han crecido, sin tu ayuda, y los extrañarás.”

Sabía que tenía la razón. Pensé en una solución: si tomara a mis hijos y dejara a mi esposo, si terminara con estas amistades dañinas, si disminuyera mis bebidas y mis horas en la oficina, quizás entonces podría empezar de nuevo. Y en octubre de 1987 puse a mis hijos en mi automóvil y me alejé.

El primer y más grande reto como madre soltera sucedió unas semanas más tarde, cuando traté de obtener la custodia de mis tres hijos. Ya que había estado trabajando por cinco años fuera de casa, no podía asumir que obtendría la custodia. Fui a la corte ese día con el temor de perder a mis hijos. Antes de alejarme de la oficina, mi jefe, Jim, ofreció orar por mí. Había acudido a él porque era un caballero que tenía una vida muy diferente a la mía.

Jim ni fumaba, ni tomaba, ni decía malas palabras. Era paciente, calmado, muy sabio en los negocios y en la familia y había sido fiel a su esposa por muchos años. Definitivamente tenía la vida en control, mientras que la mía estaba fuera de control. Cuando Jim mencionó orar, le dije, “bueno, está bien, ore, pero me tengo que ir.” Él me respondió, “Siéntese” Entonces le pregunté, “¿Va a orar en voz alta?” Me contestó “Sí”. Y me senté allí, con mis ojos abiertos, mientras que oraba acerca de la custodia. Tan pronto como dijo “amén”, corrí hacia la puerta.

En la corte, mi abogado me aconsejó que tendría más posibilidades de ganar si declarara una custodia junto a la de mi esposo. Pero el abogado de mi esposo se levantó y presentó una descripción verdadera pero muy crítica acerca de mi estilo de vida por los últimos cinco años; bajé mi cabeza. Sentía que el juez nunca me consideraría una buena madre. Entonces, a causa de unas cuestiones legales, el juez le negó los esfuerzos que mi abogado había hecho para poder defenderme. En ese momento sentí como si todos mis sueños de maternidad habían terminado. Pero minutos más tarde, para mi sorpresa, el juez me otorgó custodia junto con mi esposo. Ambos íbamos a tener igual acceso a nuestros hijos.

Por fin me enteré que Dios existía, y que me amaba – tal como Jim me había dicho tantas veces – y que este Dios había intervenido por mí. Salí de la corte para llamarle a Jim. Cuando contestó el teléfono, le dije, “quiero saber más acerca de este Dios. Obviamente usted tiene una línea directa con Él y estoy preparada para escuchar”

En las próximas semanas Jim compartió conmigo acerca de Jesús. Siempre había pensado que Él era solamente el bebé durante la Navidad y nada más. Jim me dijo muchas veces que Dios me amaba y me había creado para conocerle personalmente. A veces cuando regresaba a la oficina con dolor de cabezas por causa de los muchos tragos que bebía, Jim me recordaba pacientemente que la razón por la cual no estaba experimentando el amor de Dios en mi vida era porque insistía seguir la vida a mi manera, y esta manera era pecaminosa. Siempre pensaba que el pecado era si uno asesinaba, robaba, mentía, etc. Además, razonaba que yo no era peor que el resto de la gente de la oficina.

Cuando la Navidad se acercó ese año, mis problemas seguieron siendo la cosa principal en mi mente. Por primera vez desde que me convertí en madre, pasaría la Nochebuena y la mañana de la Navidad sin mis hijos. El 22 de diciembre, cuando dejé a Jim en el aeropuerto, me dijo, “sabes que no tiene nada que perder. Después de 37 años de haber tenido control, ahora no tiene ni un hogar, ni esposo, ni hijos. Todo lo que tiene es su automóvil y su trabajo; y esto sólo porque yo soy su jefe. Por eso, ¿por qué no le da el control de su vida a Dios y experimenta un nuevo comienzo?”

Esta no era la primera vez que Jim me había ofrecido esta sugerencia. La primera respuesta que le di fue a consecuencia de mi desánimo, “bueno, quizás esto sea bueno para usted, pero no resultará en ninguna diferencia en mi vida. Es fácil para usted ya que tiene una buena vida, pase lo que pase.” Jim nuevamente me preguntó pacientemente si repetiría una oración con él. De nuevo le dije, “usted ore y yo le voy a escuchar” Y con eso me dijo que la Biblia dice que si confesara que Jesús es Señor y si creyera en mi corazón que Dios le levantó de los muertos, podría ser rescatado de mi desesperanza. Le desafié diciendo, “¿en dónde dice esto?” Me contestó con precisión palabra por palabra.

Y por eso oré, repitiendo lo que Jim decía. Dije algo así: Señor Jesús, quiero conocerte personalmente. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Te abro las puertas de mi vida y te pido que entres en ella como mi Señor y Salvador. Toma control de mi vida. Gracias por perdonar mis pecados y por darme la vida eterna. Házme la clase de persona que quieres que sea.

En ese momento nunca pensé que cambiaría nada, y menos darme ese anhelado comienzo nuevo. Sin embargo, antes de decir “amén”, levanté mi cabeza y abrí mis ojos, y algo profundo sucedió dentro de mí. No lo podía explicar, pero sabía que era algo real. Por primera vez en mi vida, ese vacío en mí había desaparecido. Cuando Jim me dijo que Dios me había perdonado mis pecados, sabía, de alguna forma, que lo que me estaba diciendo era verdad y me sentí muy libre. No entendía por qué, pero sabía por primera vez en mi vida que realmente podía empezar de nuevo.

En los diez años desde esa noche, he tenido muchas tormentas que atravesar. Mi hijo Jonathan luchó contra el cáncer de la linfoma. Durante sus tratamientos, mi madre repentinamente falleció. Mis dos hijos mayores estaban viajando en el extranjero, y tuvieron experiencias muy espantosas y decepcionantes. Pero mi vida estaba cambiando poco a poco.

A manera que empezaba a leer la Biblia y a orar, a escuchar cintas que enseñaban acerca de Dios, y después finalmente a empezar a asistir a la iglesia, mis reacciones ante los problemas y conflictos empezaron a cambiar. Mis malas costumbres de fumar y tomar y las amistades negativas que tenía empezaron a desaparecer. La evidencia más aparente de este cambio es que si soy fiel en mi lectura de la Biblia y en mi oración, siempre existe una paz inexplicable que preside sobre cada día y circunstancia.

No puedo imaginarme tratando de hacer frente a la vida sola, con los asuntos todavía pendientes con relación al padre de mis hijos, con las situaciones que una madre soltera tiene que enfrentar día a día, y con el hecho de tener que mantener un hogar y trabajar fuera de la casa a tiempo completo, sin tener la seguridad que Dios tiene control de todo. Puedo honestamente decir que tengo una nueva vida. Dios me dio un nuevo comienzo.

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